Presente sin pasado

El proceso de cambios negativos y de destrucción de la República, lo inició el llamado “chavismo” hace exactamente veinte años, en 1998 con el arribo de Chávez al poder. Dos hechos políticos concretos, a nuestro juicio, sirvieron de soporte clave para lograrlo: la Asamblea Nacional Constituyente del año 1999 y el “asalto” del Congreso Nacional el año 2005.

Por: Johan Rodríguez Perozo (*)

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Una opinión generalizada en el contexto del debate político venezolano parece ser aquella según la cual, la élite política opuesta al régimen de turno no ha mostrado capacidad para construir una visión política para el ejercicio del poder y el manejo de los asuntos de gobierno. Mucho se habla también, de la falta de formación y experiencia de la mayoría de quienes conforman dicha élite. Es claro, además, que asumir una lucha como la de hoy en Venezuela, requiere de recursos humanos con suficiente formación y consistencia, para conducir un proceso de tanta complejidad política, económica y social. Complejidad caracterizada fundamentalmente, por la destrucción del entramado institucional del país, lo cual, además de afectarnos internamente, inevitablemente ha repercutido en la relación de Venezuela con el resto de la comunidad internacional. El origen de la destrucción claro está, se sustenta en el empeño de Hugo Chávez y sus conmilitones, de imponerle a la sociedad venezolana un proyecto político totalmente ajeno a la vida en Democracia y Libertad. El de la falta de visión y formación de la élite política que combate al régimen, lo podemos encontrar en otro ámbito de la historia reciente y contemporánea.

El proceso de cambios negativos y de destrucción de la República, lo inició el llamado “chavismo” hace exactamente veinte años, en 1998 con el arribo de Chávez al poder. Dos hechos políticos concretos, a nuestro juicio, sirvieron de soporte clave para lograrlo: la Asamblea Nacional Constituyente del año 1999 y el “asalto” del Congreso Nacional el año 2005. En la misma línea argumental podemos señalar, que la inconsistencia de la élite política adversaria del régimen, también tiene un origen. Lo podemos encontrar en el marco temporal del proceso de instauración y desarrollo del proyecto democrático iniciado en 1958, cuyo desarrollo se llevó a cabo en el transcurso de cuarenta años. Ocho presidentes (dos de éstos en dos ocasiones), Rómulo Betancourt, 1959 – 1963; Raúl Leoni, 1963 – 1968; Rafael Caldera, 1969 – 1973; Carlos Andrés Pérez, 1974 – 1978; Luis Herrera Campins, 1979 – 1983; Jaime Lusinchi, 1984 – 1988; Carlos Andrés Pérez II, 1989 – 1993; Octavio Lepage, mayo – junio de 1993; Ramón J. Velásquez, junio de 1993 – febrero de 1994 y Rafael Caldera II, 1994 – 1998, se sucedieron en mandatos de cinco años cada uno, con la excepción de Carlos Andrés Pérez, a quien se le recortó el segundo mandato en unos meses por razones ampliamente conocidas.

Pues bien, como es fácil inferir de ese recorrido histórico, no hay que hacer un esfuerzo mayor para comprender cuantos venezolanos tuvieron el privilegio y la oportunidad de formarse para la política y el manejo de los asuntos del Estado y de gobierno, en el contexto de la ejecución de estos mandatos. Se trataba entonces, del protagonismo de la generación fundadora de los partidos e impulsores desde la década de los cuarenta y en la lucha contra la dictadura de los cincuenta, de quienes sembraron la semilla democrática en la sociedad venezolana. Agréguese  al proceso de formación de la élite política de la época, la pléyade de venezolanos formados en el ámbito del sector militar, de las relaciones internacionales y más allá del sector público, en el campo de la economía y la producción, los asuntos sociales, en el sector universitario, el sector petrolero, el ámbito de los deportes y la cultura, en fin, cuarenta años de formación de recursos humanos y capital social, para la Venezuela que conoció del progreso y la vida en Democracia y Libertad. En tal contexto, tenemos que para quienes formaron parte o aún permanecen en las familias políticas principales que protagonizaron esa etapa de la historia contemporánea del país, hace ya veinticinco años (en el caso de los adecos), treinta y cuatro (en el de los copeyanos) y veinte (en el de los asociados con Caldera II), que no han tenido relación alguna con el manejo del poder, en tanto éste se exprese en responsabilidad de manejo del Estado y los asuntos de gobierno.

Luego del proceso de decadencia de los principales proyectos político – partidistas que le dieron sustento a la instauración de la Democracia en Venezuela, léase Acción Democrática, Copei y un tanto el Movimiento al Socialismo y CausaR, partidos que también ocuparon posiciones de poder en ese espacio de tiempo (sin menoscabar el aporte de otras organizaciones que participaron activamente en escenarios como el Congreso Nacional), ya entrado el siglo XXI surgieron nuevas expresiones políticas, con la idea e intención de sustituir a los partidos en decadencia. Estas nuevas expresiones organizativas, les ha tocado vivir el tiempo de la turbulencia permanente que ha significado el chavismo en el poder. Es claro que, ni han tenido la oportunidad de formarse en asuntos de estado y de gobierno y tampoco en temas de alta complejidad, representados en la lucha por el poder. El proceso extemporáneo de maduración de esta nueva camada de líderes políticos, característico de quienes han surgido a la lucha por el poder sin la formación, consistencia y conocimiento real del significado de la confrontación con el autoritarismo del régimen, pone las cosas en un verdadero plano de dificultades.

Quizás sea ésa una de las razones por la que la sociedad venezolana no le encuentra una salida clara a la tragedia que hoy vive. Se requiere de una élite pensante capaz de construir una visión política con un proyecto político que albergue la esperanza y la energía política de una ciudadanía ávida de conducción real, con consistencia en el ideal y las acciones para sacarla del marasmo en el que se encuentra Venezuela. Quién o quienes están pensando, leyendo, estudiando en los partidos el drama que hoy nos acogota y amenaza con liquidarnos como sociedad. De dónde habrá de salir el liderazgo de este tiempo que, al igual que surgió en el año 1958 tras la caída del penúltimo dictador, asuma la reconducción del país y la reconquista de su vida en Libertad y Democracia. Es claro al menos, que del absurdo debate y la competencia de insultos en desarrollo en torno al hecho electoral convocado tramposamente por el régimen no será. La sociedad venezolana está expectante, esperando por esa conducción asertiva y con visión política de futuro y en nuestra modesta opinión, lista para acompañarla masivamente en la operación de desalojo del poder de la claque que hoy lo detenta. En la experiencia del pasado está la clave de cómo hacerlo hoy.

(*)@johanperozo

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Acerca de Johan Rodríguez Perozo

Periodista egresado de la Escuela de Periodismo de la Universidad Central de Venezuela y Consultor Político egresado de la Universidad Pontificia de Salamanca.
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